Columna: "Antanas Mockus, el que soñó una ciudad a la que habíamos renunciado" (El Espectador)

By 31 marzo, 2014Columnas

Henry Murraín, director de proyectos de Corpovisionarios, escribió en Especial 127 años de El Espectador una columna sobre Antanas Mockus y sus enseñanzas como profesor.

Uno de los textos biográficos que más me han influenciado es la historia de Ludwig Wittgenstein, el genial filósofo austríaco. En la historia, narrada por Ray Monk, hay un bello relato del momento en el que Wittgenstein viaja a Inglaterra a estudiar filosofía y su padre le pide a Bertrand Russell, futuro maestro del muchacho, que simplemente se “encargue de él”. El maestro, impresionado con la solicitud, le preguntó: “¿Qué quiere que haga? ¿Qué quiere que le enseñe?”. “Simplemente déjelo respirar su aire”, respondió el padre.

Existen personas cuyo carácter y obra son tan inspiradores que sólo con estar cerca de ellas nos cambia la vida. Una de ellas, sin duda, es Antanas Mockus y esta es mi historia con él.

Tuve el privilegio de conocer a Antanas en 1998, cuando yo era apenas un estudiante de pregrado en la Universidad Nacional de Colombia. Primero fui alumno en su curso de “Ley, moral y cultura”, y semestres más adelante pude ser monitor de esta misma asignatura.

l cabo de un año, yo sentía que necesitaba una disculpa para poder seguir trabajando con Mockus, y en el Día del Maestro de 1999 nos tomamos un café cerca de la 26, donde le pregunté qué podríamos hacer para seguir trabajando juntos. Me sorprendió su reacción. Me dijo que le honraba mucho mi intención de seguir trabajando con él. Sacó un libro de Alasdair MacIntyre (Tres versiones rivales de la ética) y me pidió un resumen de un capítulo para el siguiente sábado. Ese sábado se convirtió en muchos sábados y luego, en la vida entera.

Siempre me ha sorprendido la inmensa capacidad que tiene Antanas para escuchar a las personas. En particular, para escuchar a sus estudiantes. Si hay un tiempo que él considere sagrado es el tiempo de sus alumnos. Se detenía a escuchar cuanta cosa rara se le ocurriera a no, siempre buscando potenciar nuestras ideas, sin imponer las suyas como maestro.

La pedagogía, la buena pedagogía, se alimenta fuertemente de la esperanza, porque encuentra en cada persona un proyecto de humanidad posible. Y hoy puedo decir que gracias a Antanas Mockus he aprendido a ver lo mejor en el otro, a no concentrarme tanto en sus carencias como en sus posibilidades.

Cuando en 1994 algunos analistas, académicos y líderes de opinión calificaban a Bogotá como un proyecto fallido, gobernarla era tan poco atractivo que los partidos tradicionales se replegaron un poco. Allí se dio el espacio para outsiders como Mockus. Y es que la situación de la ciudad era tan caótica que “sólo a un loco” se le ocurriría meterse a administrar la ciudad.

Así, en un experimento pedagógico sin precedentes, Mockus generó un punto de quiebre en la ciudad para que años después la Bogotá caótica y fallida se convirtiera en el “milagro” latinoamericano. Desde luego, a esta recuperación contribuyeron también personas como Enrique Peñalosa y Jaime Castro. No obstante, para nadie es un secreto que Mockus despertó en los ciudadanos una idea de ciudad posible a la cual ya habíamos renunciado.

Una de las ciudades más violentas del mundo se convirtió, a la postre, en una de las capitales con menos homicidios de América Latina; la tasa de muertes en accidentes de tránsito se redujo a una tercera par- te, y en un período de 10 años la ciudad multiplicó por cinco sus ingresos, sólo por resaltar algunos logros. La recuperación financiera trajo la posibilidad de construir los megacolegios, las megabibliotecas, implementar un sistema de transporte público otrora admirado por los capitalinos y lograr una cobertura por encima del 90% en la educación básica.

Podríamos decir que Antanas está atravesado por una profunda fe en el ser humano, por una esperanza pedagógica. Y esa esperanza pedagógica es la que le permitió soñar con una ciudad donde nos respetemos el pa- so y donde no resolvamos todo a punta de golpes. Claro, los logros en cultura ciudadana fueron apenas unos avances y la tarea debía ser prolongada, pues, como en todo proyecto de formación, la misión nunca estará terminada.

Una de las características personales de Antanas, tal vez uno de los rasgos más íntimos de su personalidad, es que detesta que le hablen mal de cualquier persona. Cuando algún amigo se siente motivado a despotricar de alguien, Antanas comienza siempre un ejercicio “juguetón” en el que busca constantemente salvar a la persona y reconocer cosas valiosas de quien es vilipendiado.

Parecería a veces que es una especie de ejercicio, una dinámica intelectual que asume con disciplina. Si alguien se aventura a hablar mal del procurador, explica por qué debemos considerar las razones jurídicas que lo llevaron a tomar las medidas contra Petro. Si, por el contrario, la crítica va en contra de Petro, él reconoce y valora su compromiso social y su férreo rechazo a la corrupción. Valora tanto la disciplina y vehemencia de un Jorge Robledo como el interés de estudiar y comprender los asuntos públicos que ha demostrado Gina Parody.

Parecería a veces que es una espe- cie de ejercicio, una dinámica intelectual que asume con disciplina. Si alguien se aventura a hablar mal del procurador, explica por qué debemos considerar las razones jurídicas que lo llevaron a tomar las medidas contra Petro. Si, por el contrario, la crítica va en contra de Petro, él reconoce y valora su compromiso social y su férreo rechazo a la corrupción. Valora tanto la disciplina y vehemencia de un Jorge Robledo como el interés de estudiar y comprender los asuntos públicos que ha demostrado Gina Parody.

Así, vivimos en un país en el que cualquiera de nosotros, en medio de una discusión política, puede terminar fácilmente de “guerrillero” o “paramilitar”, de “facho” o de “mamerto”. Claro, hacer política así es mucho más fácil, tanto como ser inteligente dedicándose a detectar errores en el trabajo de los demás es más fácil que proponer algo, que construir algo.

Pero este camino no ha sido fácil para Antanas. Se le acusa, entre otras, de ser muy enredado, pero desde mi perspectiva creo que preferimos hacernos los locos para no darnos cuenta cuando nos habla de las cosas más sencillas y simples: que la vida de cada persona es sagrada, que los recursos públicos son recursos de todos y que cada día podemos ser mejores de lo que hemos sido.

La tarea del profesor, de mi profesor, ha sido exhortar a esta nación a que comprenda que los seres humanos tenemos la maravillosa posibilidad de decidir quiénes queremos ser. De soñar con un futuro donde el desconocido nos duela. Nos ha invitado a reconocer que la educación es la clave que cambia el mundo. Pero no sólo la educación que nos enseña del máximo común múltiplo y las fechas de las grandes aventuras de la historia. Es también la educación que nos enseña sobre el valor del prójimo, el respeto a las mujeres y a conmovernos con una buena obra de arte.Cuando Antanas se dedicaba a la matemática trabajaba en un área conocida como topología, esto es el estudio de espacios ndimensionales. Por eso utiliza con frecuencia metáforas topológicas para describir problemas. Uno de los objetos matemáticos que más curiosidad le causan es la cinta de Moebius. Si uno recorre esta cinta, se da cuenta de que sólo tiene un lado, aunque en cada punto de la cinta se pueda encontrar un punto contrario. Así son la vida y el debate político, dice, “puntualmente tenemos diferencias, pero global- mente estamos del mismo lado”. Qué bien nos haría pensar en el rival sin odio y considerarlo como alguien necesario, que hace que la vida sea más interesante y que está ahí para hacernos caer en la cuenta de las cosas que a veces olvidamos.

Recuerdo una oportunidad, en un auditorio de la Universidad Nacional, donde los ánimos estaban bastante exacerbados y donde existía una latente tensión entre dos posiciones antagónicas (los unos insultando y los otros descalificando): Mockus tomó el micrófono y comenzó a cantar una canción:

Había una vez
un lobito bueno
al que maltrataban todos los corderos.
Y había también
un príncipe malo, una bruja hermosa
y un pirata honrado. Todas estas cosas había una vez. Cuando yo soñaba un mundo al revés.

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