Columna: «Compasión Selectiva»

By 25 noviembre, 2015Columnas
Cientos de personas han realizado homenajes a las víctimas de los ataques del pasado viernes 13 de noviembre en París, Francia.

Ana María Araoz, directora de planeación de Corpovisionarios, analiza la relación frente a la muerte en el mundo.

Los ataques de Paris desencadenaron distintas reacciones. Por un lado gestos de compasión y solidaridad en todo el mundo: líderes, personalidades, colectivos organizados y ciudadanos del común expresaron sus condolencias hacia las víctimas por diversos medios, como la foto de perfil de Facebook con la bandera de Francia. Por otro lado se generó una ola de críticas hacia la masiva expresión de solidaridad-con-un-clic por los 129 muertos franceses por contrastar con la generalizada indiferencia mundial por las muchas más muertes que simultáneamente ocurrieron en otras regiones como Beirut o Nigeria, o incluso en Siria que ya suma más de 220.000 muertos en esta guerra civil desde 2011, según reportes de Naciones Unidas.

Surge la pregunta de ¿por qué el mundo llora más los muertos franceses que los sirios, nigerianos o colombianos? Hay quienes alegan que hay una compasión selectiva; que hay muertos de primera, de segunda y de tercera; o que muchos de quienes pusieron la banderita de Francia como perfil de Facebook nunca se conmovieron ni solidarizaron con muertes más crueles, más numerosas, o geográficamente más cercanas, como las de sus propios conciudadanos; o sencillamente que todas las muertes deberían indignarnos por igual.

Si bien todas estas reacciones son legítimas difiero de la crítica basada en la pretensión racional de que “hay que” sentir y reaccionar de forma sistemática frente a la muerte, o en otras palabras de que todos los muertos los deberíamos llorar por igual. Porque los muertos no son cifras y las emociones no son directamente proporcionales al número. Porque los muertos no duelen más por ser más, sino por aquello que significan, o que logramos significar de ellos.

Las vidas perdidas sí son hechos. Las cifras son objetivas, comparables y juzgables, pero las reacciones frente a las cifras dependen de procesos colectivos de interpretación que logran transformar el sufrimiento individual de las víctimas en poderosas representaciones colectivas que no son racionales, aunque sí intencionales.

Acciones como los rituales, las manifestaciones, los altares, los discursos y las historias que han llevado a cabo los ciudadanos franceses como reacción a los ataques terroristas son fundamentales en la construcción de memorias y narrativas de los espantosos eventos que vivieron. Francia, al igual que otras naciones europeas, aprendió de las innumerables muertes que le dejó el siglo XX a proteger la vida y a no justificar la muerte de sus ciudadanos, y desarrolló la capacidad de indignarse frente a la crueldad como sociedad.

Según Jeffrey Alexander es a través de la construcción de traumas colectivos que los grupos sociales logran definir sus relaciones de solidaridad de formas que les permitan compartir el sufrimiento de los otros. Cuando las sociedades piensan que el sufrimiento de los otros también es suyo se logra expandir el círculo de “nosotros” y con este fortalecer la identidad nacional.

A diferencia de esto, la sociedad colombiana se ha rehusado a reconocer y a reaccionar frente al dolor y el sufrimiento de las muchas muertes, desplazamientos, victimizaciones de otros colombianos. Una parte importante de la sociedad ha sido indiferente al proceso de creación de una narrativa colectiva de trauma, limitando la solidaridad y dejando a los otros sufrir solos y sanar solos, perdiendo así la enorme oportunidad de construir juntos una identidad nacional surgida de un dolor compartido.

Construir una narrativa de trauma colectivo y ser un “nosotros” es un paso fundamental en la consolidación de un Estado capaz de proteger a sus ciudadanos y cuidar su vida como principal prioridad. Pero debemos entender que no lloraremos nuestros muertos cuando seamos un Estado sino que más bien seremos verdaderamente un Estado cuando seamos capaces de llorar nuestros muertos como sacrificios injustificables.

Leer la columna en El Tiempo.

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